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Promover la salud mental desde el sistema educativo

  • 1 jul
  • 6 min de lectura



La COVID-19 y el período pospandemia han acelerado vertiginosamente una tendencia percibida por numerosos organismos internacionales desde hace ya varias décadas: el deterioro de la salud mental de la población de todas las edades y en todo el planeta. Las cifras de depresión y ansiedad se han disparado de tal forma que han superado la repercusión de patologías como la obesidad o los trastornos cardiovasculares. Las complicaciones de estos trastornos afectivos han influido en situaciones especialmente críticas como las autolesiones y los intentos fallidos o consumados de suicidio, conductas que restan años y calidad de vida particularmente a la población en edad infanto-juvenil.

¿Por qué nuestra sociedad hace frente a esta crisis global que tantas vidas y años de vida útil está segando, sin que sea capaz de generar una estrategia de mejora auténticamente eficaz y no limitada a meros eslóganes o declaración de intenciones? La idea que me acude espontáneamente es si realmente estamos comprendiendo acertadamente lo que implica perder el equilibrio mental o si solo lo estamos maquillando tras mensajes ideologizados y polémicas estériles. ¿Por qué seguimos hablando de salud mental cuando realmente lo que amenaza a la población es la ausencia de la misma, tanto si lo llamamos malestar emocional como si utilizamos el concepto de “trastornos”? El estigma que pesa sobre el malestar psíquico y la historia negra de ciertos métodos con que se ha abordado siguen pesando demasiado y parecen impedirnos acercarnos con naturalidad a la búsqueda de soluciones de un problema mundial de orden.

Hay múltiples estudios acerca de los factores que merman la salud mental de las colectividades. Algunos de ellos, como las desigualdades sociales o la precariedad económica, no han cambiado esencialmente respecto a otras épocas, aunque se han acentuado con las crisis económicas experimentadas entre finales del siglo XX y en lo que llevamos vivido de la actual centuria. Han resurgido amenazas que se nos hacen difíciles de asumir en un mundo que ha logrado avances científicos impresionantes. La pandemia ha agravado las carencias de recursos de amplios sectores de la población y los movimientos migratorios masivos revelan la precariedad crítica experimentada en amplias regiones geográficas. Más allá de la disminución de recursos básicos para satisfacer necesidades irrenunciables de la población, las condiciones socioeconómicas y el panorama de relaciones geopolíticas mundiales implican que se haya generalizado la sensación de permanente incertidumbre, una constante sensación de ser vulnerable ante múltiples amenazas que son inabarcables y aumentan nuestra percepción de desprotección.

Pero, posiblemente, el elemento que mayor impacto está teniendo sobre los condicionantes del bienestar emocional de las personas radica en la transformación de todos los aspectos de la vida que ha derivado de la modificación tecnológica digital experimentada en un lapso muy breve de tiempo. En un período inferior a cuatro décadas la tecnología digital ha impactado con tal fuerza en la realidad que ha transformado las relaciones de las personas con ellas mismas y con los otros, así como la forma en que estas tienen de plantearse su rutina y su proyecto de vida. Entre principios de los años 90 en que surgieron los primeros balbuceos de internet y hoy, cuando asistimos a la velocísima implantación de la inteligencia artificial, los seres humanos hemos cambiado en muchos aspectos, en algunos tan radicalmente que hemos perdido perspectiva y conocimiento sobre nuestra subjetividad.

El tiempo que dedicamos al uso de los distintos dispositivos tecnológicos nos ha alejado del contacto físico con nuestros semejantes y nos ha hecho encerrarnos en un espacio que es a la vez infinito (en teoría el ciberespacio nos conecta con todo) y, por contraste, asfixiante. Ese ámbito, que es puramente mental, y que está nutrido de los discursos de otros, pero sin auténtica réplica más que de nuestras propias neuronas, nos expone a una forma de vida plagada de angustias y multiplica ilimitadamente las incertidumbres propias de esa sociedad sin certezas ni referentes tangibles, “líquida”.

Esa cárcel de pensamientos continuos, de “sobrepensamiento”, carentes de dirección y de productividad, constituye un terreno ideal para que germinen emociones negativas y además entrelazadas de forma tan confusa que acaban haciéndonos dudar de quién somos o de lo que lo deseamos construir en nuestra vida. Se trata de un mecanismo tan destructivo que tal vez sea el primer círculo vicioso que cualquier programa preventivo y promotor de la salud mental debería abordar. Y en ese trabajo de reconectar con el mundo exterior y con nuestras emociones, el sistema educativo tiene un protagonismo fundamental.

Las aulas de cualquier nivel formativo, desde el infantil hasta el universitario, constituyen (o deberían aspirar a serlo) un espacio privilegiado para apartar los dedos y ojos de su alumnado de los dispositivos electrónicos para redirigirlos al mundo tangible, a formarlos en el aprecio y discriminación del tacto, el olor, la mirada, el gusto y sobre todo la escucha, todo desde una perspectiva consciente, que favorezca la relación con el presente desde la atención y la actitud pausada.

Quizá para lograr esta “desconexión” digital momentánea no sea estrictamente necesario legislar prohibiendo los dispositivos electrónicos en clase. Prefiero ser optimista y pensar que se pueden lograr buenos resultados en este terreno si ofrecemos alternativas atractivas que muestren que el mundo real tiene muchas sorpresas que ofrecer y, sobre todo, si predicamos con el ejemplo y nosotros como coordinadores del aula nos desvinculamos temporalmente de lo virtual.

Desde esa forma de percepción de un entorno tangible, en otro mundo diferente al de las “no cosas” que se ha adueñado de las rutinas de los que integran las comunidades educativas, resulta imprescindible y sencillo empezar a combinar los aprendizajes “académicos” con aquellos vinculados a emociones o valores. Resulta difícil encontrarse sereno si no se ha aprendido a identificar qué pasa en el mundo interno y por qué, sea agradable o negativo.

La comunidad educativa debería perder sus complejos y sensaciones de impotencia ante el ninguneo social y recobrar la consciencia y el orgullo de ser un ámbito privilegiado para potenciar en sus miembros la práctica del diálogo “cara a cara” con uno mismo y con los otros, para dar cauce a la percepción de las emociones por parte de los alumnos y ofrecerles herramientas para identificarlas, expresarlas (verbal, gestual, musical, gráfica, corporalmente) y asumirlas con la idea de que se puede aprender a hacerlo siempre que se asuma que sentirse mal no es un fracaso sino un aspecto inseparable de la vida al que tenemos que plantar cara sin taparlo.

No es un reto fácil, pues el entorno general, los medios de comunicación, las poderosas redes sociales, los “influenciadores” venden otra mercancía: la de la felicidad obligatoria, la imposición del éxito, la de que hay que ser perfectos, siempre jóvenes, sanos, bellos… Pero los contrastes que puede ofrecer una comunidad educativa mentalmente sana son potentísimos y dejan huellas de fortaleza para toda la vida.

Más allá de los contenidos que se transmiten, el logro de un clima acogedor, respetuoso, interesado por el estado de sus miembros (docentes, alumnado, familias, personal no docente), por entenderlo y apoyar a los que lo necesitan cuando existen dificultades, cala profundamente. Si te sientes respetado y tenido en cuenta tal y como eres acabas interiorizando ese mismo aprecio por ti mismo. Si ves que alguien se interesa por cómo estás, tanto si estás feliz como hundido, entiendes como natural el interesarte por preguntarte a ti mismo por tu estado y sientes que puedes pedir apoyo si lo necesitas. En un contexto presidido por el respeto, el interés por el otro, la colaboración, la comunicación, el trabajo en equipo, la aceptación de las diferencias… muchas cosas cambian y la calma se convierte en lo habitual, se respira distinto, el miedo a la violencia ni se concibe, la conducta disruptiva se convierte en llama que no prende.

No, no estoy hablando ni de un cuento ni de hadas, ni de una utopía. He tenido ocasión de vivirlo y de empaparme de ello. Recientemente tuve el gusto de compartir la celebración de los 25 años de un colegio de Madrid llamado Tres Olivos. Su conmemoración de un proyecto ya sólido me hizo vivir en primera persona que esta posibilidad no es una quimera, sino una forma de educar sencilla, sin fórmulas mágicas o tecnologías futuristas, que transforma la vida de mucha gente: la que acudió a esas aulas, la de sus familias. Pero que llega más lejos, porque actúa como una poderosa onda transformadora de alcance sorprendente, pues multiplica su poder a través de la acción de las generaciones que se formaron allí a través de sus relaciones, de sus ejemplos en los trabajos o en las familias que forman.

  

Sí, vivimos tiempos difíciles para el equilibrio mental de adultos y jóvenes. Podría insistir en la cara terrible de menores y familias que viven en el conflicto, en la tensión constante de conductas desreguladas, de los adolescentes que sufren sus laberintos mentales y los trasladan a heridas en su cuerpo, que experimentan día a día que no son suficientemente buenos, perfectos o estilizados, que encuentran demasiado pronto la experiencia de sentirse tristes, vacíos, sin sentido y que mantienen cíclicamente ese encuentro con la depresión y la ansiedad. Pero hoy prefiero transmitir una perspectiva de esperanza, porque existen pruebas (quizá no científicas, pero sí vividas) de que un ambiente educativo construido desde los valores y la atención al bienestar emocional de quienes lo viven tiene la capacidad de ser una vacuna contra el desequilibro mental (no una fórmula para la felicidad, que no es el objetivo) que dura toda la vida y que sana tanto a los que estamos educando como a los educadores. En vuestras manos está, no implica centros más caros, sino educadores con las ideas claras y capaces de aglutinar en torno a su acción la colaboración de una comunidad educativa que navegue en la misma línea y dialogue dentro y fuera de las salas de clase.        

 

 
 
 

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